La experiencia nos hace zancadillas

 

Los humanos somos muy especiales, misteriosos, predecibles.  Entre estos adjetivos que utilizo para describirnos se encuentra el inmenso valor que le damos a la experiencia. ¿Cuántas veces has hecho referencia a tu experiencia para decidir el futuro? ¿En qué infinidad de ocasiones has escuchado a otros referirse a su pasado como validador de lo que harán? La respuesta a ambas preguntas está muy cercana a lo absoluto: siempre.

Experiencia deriva del latín experiri que quiere decir comprobar; es una evidencia irrefutable de haber sentido, conocido o presenciado algo o a alguien en el transcurso de la vida. Desde pequeños las experiencias vienen cargadas de determinadas emociones e imágenes que juntas, se alojan en nuestra biblioteca cerebral y que como resortes “saltarán” ante cualquier situación similar para entregarnos aquella información contaminada de historia.  Esto vale tanto para aquellas que catalogamos de buenas experiencias como también para las malas, solo que estas últimas nos hacen clavar los frenos y nos inundan de miedo frente a la toma de decisiones, por culpa de ese insidioso temor a equivocarnos.

Nada ni nadie podrá confirmar el nuevo desenlace solo basado en la experiencia propia y menos en la ajena.  Las experiencias vividas, o quizá sufridas para algunos que las toman de esa forma, te hacen zancadillas en las decisiones presentes con miras a tus acciones futuras.

Nuestras experiencias nos marcan, dejan huellas de aprendizaje pero no aseguran lo que viene, sin embargo las utilizamos todo el tiempo como garantía de aquello. “No volveré a casarme”, “no trabajo más con gente de tal o cual lugar”, “no voy nunca más a algún sitio”, “no practico más aquel deporte”, “no como más mariscos”, “no compro más esa marca de auto”, “ya no voy a ese restaurant”, etc., son muestra de ello. O esas otras fórmulas que, peor aún, se erigen desde la alta soberbia enterrando a quien propone algo: “te lo digo porque llevo veinte años en esto”, “desde mi experiencia…”, “hazme caso, tengo más experiencia qué tu”, “estás equivocadísimo, yo ya viví esa experiencia”, etc., que solo sirven para aferrarse a un pasado que ya pasó, que “fracasó” y que impide ganar una nueva partida con otra proposición.

Una, que será en otro tiempo, con diferente realidad emocional, en un escenario distinto y que se llevará a cabo seguramente con personas que nada tienen que ver con tu cicatriz histórica.

Lo que más me llama la atención es que todas esas declaraciones se basan generalmente en una o dos malas experiencias vividas, de un universo de muchísimas otras buenas que las personas tienen en la vida. Sin embargo, son tan poderosas que inhabilitan el “nuevo hacer” por miedo a repetir una experiencia similar en el futuro.

Nadie puede asegurar que la misma marca de auto y los mariscos que alguna vez te hicieron daño, van a provocar el mismo resultado que aquel vivido, ese que quedó perenne en tu memoria. Es más, a mi parecer, aquella fue solo una interacción en tu pasado, en un momento determinado, donde se conjugaron muchas cosas con sorprendente sincronía para que sucediera ese hecho de una forma diferente al que te hubiese gustado.

Es muy importante considerarlas, por supuesto que sí, traen consigo información valiosa, son una variable más, pero no son seguras, ni están cerca de ello, no se pueden comparar con la experiencia nueva. Para acercarte a acertar en la determinación (la acción de terminar algo) toma en cuenta otros datos: cómo te sientes hoy, qué ganarías, que es lo peor que te podría pasar, no te reproches si no resultó diciéndote “yo sabía que no debía”, no te automaltrates, eso sirve solo para victimizarte y vuelve a obnubilarte con respecto a tu futuro que siempre estará presente.

Vivir infinitas nuevas experiencias es crecer, pero vivir aquellas que no te resultaron es sabiduría, es aprender a no tropezarte de nuevo, es hacer cosas diferentes en situaciones parecidas, es evitar autocondicionar tu propio actuar, es desafiarte a un futuro mejor y a disfrutar de aquello. Esto te permitirá pasar de avestruz a pavo real y te regalarás tu propio aplauso como forma de reconocimiento, porque una vez más pudiste superar los obstáculos que la vida ha puesto en tu camino y ese acto por sí solo, ya es admirable.

 

Año 4 – Artículo 20

 

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